jueves, 17 de enero de 2008

Balada de Redención



31.
Soy el prófugo errante
de la tempestad sin fin.
Atrás nada me depara,
tan sólo un dolor insepulto
que hallo entre piedras ya secas,
entre cristales de amor ambarino.
Soy aquel en cuya mente se previene
el presidio de un tormento.
El tono de mi llanto
disipa al cielo presuroso
de fango y mineral.
La culpa es mi alimento,
luego de mi ayuno por no volver.
Como hipnosis repentina
invado campos ya minados
por la furia poseída de un pulsar sin límite.
Yo soy el avizor de eternidades,
quien a tu voz se redime.

Del trigo inhalo su materia,
del vino su elixir de gloria!

Intrépido me abro fuego
en la celeridad de mi vuelo ausente.
Cómo se destila mi plumaje roto!
en el feraz clavado hacia el suelo.
Viajo en un injerto desmedido
de colosales troncos.
Bajo un claro de lluvia
se deprime una flor,
se desata un corazón !


Yo soy quien ha partido en su llegada.
Quien nada busca y siempre encuentra.
El persecutor de un sol en decadencia;
del estertor ígneo de pureza.

Soy el volador de lo eterno,
partícipe del sueño que no cesa.
Oriundo del edén magnánimo.
Fijo mi luz más allá de mí,
en una errancia definitiva.
Confieso mi desvelo arrogante
sobre un telón negro estelar.
Soy el emigrante nocturno,
quien a su paso se interna
en la gruta de la soledad,
en el ojo del huracán inmóvil.



Viajo de costa a costa sin tocar la arena,
susceptible al alba y a la mañana,
y a la luz, y al calor de almíbar!
Abrazo el espacio con mi flauta mágica.


Sale de mi pecho un canto original,
la corchea como espina se interna con dolor
y rezuman azules los astros en penumbra.

A veces amanezco, a veces no.
quién puede ya evitarlo!

Me voy solo en ristre contra la marea,
cuando atraca el alba entre nubes dormidas.
A la distancia un buque se aproxima,
y en su sentina, mi pecado santo e inmaculado.
Quiero vivir este duelo intenso y reprimido,
traducido en algo más que una llama,
en un averno de refulgente magma,
contenida bajo la esterilidad del viento playero.

Quiero exudar este halo sempiterno
como transpiran las hojas en el rocío,
inmolando selectas frutas de ensueño.
Circula en el aire y sublima el silencio,
resbala en la nube del desierto.

Más acá de la efigie del dolor,
de la salvaje fauna cósmica
y de su misma exhalación.

Extraño caminar cual noche oscura.
Al dejar mi cuerpo en remolinos, un amor!
Explosiones en mis ojos, agujeros en el dorso,
y sueño que duren para siempre !

Ah! qué dura es la vida y cuánto duele soñar!
Me secuestro entre fuego,
entre cenizas de amapola y girasol,
como quien comprime al dios en su fuero.
Hay algo en mí que no quiere ser yo,
ni siquiera cuando duermo.
Dulce vacío, extraña ficción.
Cómo quiero ya morir si aún no he nacido!

Vuelo bajo, a ras de cielo.
La ciudad, un útero de asfalto.
Planeo lleno de inmensidad
- todo está en mí -
En la intemperie luminosa
me convierto en satélite.
Soy el cautivo de mi órbita extensa,
como extensa la ruta de un calvario.

Pero quién no ríe en el sufrir?
Ah! vamos, acaso tú, sombra de mi alma?

Soy el vidente de soles foráneos,
un seguidor de horarios en desuso,
que solda nubes inconexas por el viento.

Seré puntual a la hora de morir,
y no me jactaré del dolor naciente, de la soledad o del llanto;
porque sólo el llanto consume el orgullo,
y yo ... yo no sé llorar ! !

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